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México: país de “ilusos”


Ricardo Medina Macías. Editorial. (a7.com.mx).- “El pueblo que no ama la verdad, es el esclavo natural de todos los malvados” : Maquiavelo. Un mexicano te perdona que le partas la madre, pero no que le rompas sus ilusiones.

El peor pecado que se puede cometer contra un mexicano es romperle las ilusiones. Las ilusiones son algo tan preciado entre nosotros que se vuelven intocables. Habrá, sin duda, algún intelectual orgánico que le dé forma y pretextos a esta fenomenología de la ilusión y que descubra —¡oh, las revelaciones de los “expertos”!— que la ilusión forma parte de las “fibras profundas” del alma del mexicano junto con el maíz y el recurso a las bravatas como sucedáneo de la defensa heroica de la “dignidá“.

En un país de ilusos, como este, a la gente le parece del todo coherente gritar a la vez: “¡No más impuestos!” y “¡ni un peso menos de gasto público!“.

En un país de ilusos, como este, un doctor en economía, profesor del Colegio de México, puede presumir que aumentar el déficit público no tiene ninguna consecuencia (“no pasa nada” escribe el doctor Gerardo Esquivel en su bitácora en la red), y quedarse tan campante.

En un país de ilusos, como este, resulta perfectamente lógico que el mismo señor que vocifera para que le aumenten los recursos federales al gobierno de la capital, sea el mismo señor que condena cualquier alza de impuestos. Ese mismo señor, Marcelo Ebrard, en 2007 se rasgó las vestiduras porque habría un nuevo impuesto especial a las gasolinas cuya recaudación se destinaría “a los estados”. Le mejoró el humor, sin embargo, cuando sus gestores en el Congreso lograron cambiar la redacción y se plasmó que la recaudación del nuevo gravamen se destinaría “a las entidades federativas“. No, pos’ así la cosa cambia. Así, el “gasolinazo” sigue siendo algo malo, pero como que se siente menos.

En un país de ilusos, como este, habrá quien encuentre natural que la supuesta izquierda radical —especialmente sectaria e intolerante— predique en esencia lo mismo que los grandes magnates. Incluso, se aplaudirá la “gallarda” defensa de los ciudadanos que hace un patán con fuero, obstruyendo cualquier discusión racional en la Cámara de Diputados.

El amor a las ilusiones que el mexicano manifestará a lo largo de su vida empieza a cultivarse desde la cuna. En vez de enseñarle a hablar como ser civilizado, al bebé mexicano una legión de parientes, empezando por su abnegada madre, se dedica a convencerlo que está bien decirle “evo” al “huevo”, “guaguá” al “perro”, “la meme” al “sueño” (de adulto se empeñará en decir: “dijieras”, “haiga”, “aclético”, “pecsi”, “cactas” por “captas”, “chopita” por “sopa” y exigirá que se le entienda de inmediato. Quien ose corregirle su tartamudeante y pobre léxico recibirá, fulminante, la condena: “¡…che mamón!“).

Poco después, sabios programas de televisión didácticos, como el dominical de Chabelo (un señor de la tercera edad que habla como niño mimado y se viste con pantaloncitos cortos), le enseñarán que “aquí todos ganan“… aunque pierdan. En la escuela, le inocularán la ilusión de que entendimientos dispares y esfuerzos diferentes deben dar, siempre, resultados iguales (“¡es lo justo!”) porque aquí no tenemos esas odiosas costumbres extranjeras de reconocer a cada cual según sus méritos.

Para tercer año de primaria nuestro futuro iluso mexicano ya sabrá pelear con los maestros una mejor calificación alegando que hizo su “mejor esfuerzo”, igualito que los jugadores de la selección nacional. Más tarde, amparado en la ilusión de que “no hay que dejarse”, atropellará a cualquiera que ose contradecirle. Y vivirá, llenito de ilusiones, pensando que es un signo de distinción escupir en la calle y convencido de que es normal ganar dinero sin trabajar o que trabajar consiste en “hacerla” lo que, a su vez, consiste en obtener una plaza inamovible que le hace acreedor a una paga periódica (paga de la cual se quejará amargamente, no importa cuál sea el monto de la misma, ni mucho menos cuán improductiva sea su presencia en el denominado “centro de trabajo”, porque siempre habrá alguien, real o imaginario, que gana más y eso “¡no es justo!”).

Por eso, porque vivimos en un país de ilusos, y porque en tal país no hay peor ofensa que romperle las ilusiones a alguien, los políticos mexicanos deben hacer malabarismo y medio —¡pobres!— para mantener vivas las ilusiones: ¿Más déficit?, “¡No hay fijón, no pasa nada, ya lo dijo un doctor en economía, que crioque hasta premio noble es!“, ¿Más gasto?, “pos’ pa’ luego es tarde, namás dínganme (sic) ónde van a poner la llave pa’ que me salpique”.

Ilusiones:

—Un día de estos vamos a volver a tener petróleo a raudales y los precios internacionales del petróleo van a estar por las nubes. Este bendito país y estos lindos —e ilusos— compatriotas no merecen menos.

—Si yo fuera diputado quitaba todos los impuestos y sólo le cobraba un IVA choncho a los del billete.

—Me voy a ganar el Melate, ora sí mi reina, y vas a ver ton’s quién sigue siendo el rey.

—¿A ver qué tiene el tal Juanito que no tenga yo? Si me lo propongo puedo llegar a ser “el preciso“, lo que pasa es que me da flojera tanta alharaca.

—Me vale, pos ni que me hubiera robado tanto como roba tanto “inche corructo” del gobierno.

—¿Y qué? ¿A poco manejar medio pasado es peor que bombardear Irak?

—No, sí, vas a ver, en el Senado les van a enseñar cómo hacerle para tener mucha más lana y no subir el IVA. Beltrones sí sabe.

Fuente: http://a7.com.mx/en-concreto/editorialistas-nacionales/1890-mexidco-pais-de-qilusosq.html

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  1. 30 octubre 2009 en 5:15 PM

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